Los ahorcaremos con sus propias citas: Karl Kraus en sus aforismos

por Héctor Orestes Aguilar

¡Ilumíname San Claudio Magris! ¡Ilumíname! Que tu proverbial lucidez guíe mis tientos por las ásperas líneas del depredador de la falsía y el engaño, por las páginas implacables del defensor de la lengua contra toda perversión e inmundicia. ¡Ilumíname San Elias Canetti, converso a la fe del Maestro para luego renegar de ella, sostenme en mi debilidad! Sé mi protector y condúceme a la inteligencia de una obra devastadora e inabarcable ¡Ilumíname Santa Walpurgis!, acaso ante las hogueras prendidas para honrarte pueda cifrar a quien esto lea las sentencias escritas bajo tu influjo.

Karl Kraus (1874-1936) está de regreso. Verdades a medias, verdades y media, (Dirección General de Publicaciones del Conaculta, 2012) recopila aforismos suyos provenientes de las obras Sprüche und Widersprüche (1909), Pro Domo et Mundo (1912) y Nachts (1919), en versiones de Gonzalo Vélez y con prólogo de Pablo Soler Frost. Este volumen de ciento veinticinco folios confirma que no hay aproximación más delicada al legado de Kraus que enfrentarse a su escritura fragmentaria. Ante la obra de un despiadado perfeccionista del lenguaje cualquier error es suicida. En forma tácita, el comentarista está advertido de no resbalar por la cuesta de lo retórico, ornamental o gratuito, los defectos más repudiados por el aforista y con más furia censurados en todas las víctimas de sus reparos.

Karl Kraus fue desde su temprana madurez un héroe cultural para la comunidad intelectual vienesa, pero el camino hacia su destacado protagonismo no fue nada fácil. Nacido en 1874 en Jičin, una muy pequeña ciudad de Bohemia, llegó con su familia tres años más tarde a la capital del Imperio austrohúngaro. En el mes que cumplió dieciocho años publicó su primera crítica, una reseña del drama en cinco actos Los tejedores, de Gerhart Hauptmann, en el Wiener Literatur-Zeitung. Es verdaderamente admirable que un chico judío de provincias, proveniente de un entorno dedicado a los negocios y la pequeña industria, pudiese acceder tan rápido a un medio ya dominado por otros escritores de generaciones contiguas, en especial los miembros del grupo La joven Viena: Arthur Schnitzler, Hugo von Hofmannsthal, Felix Salten y Richard Beer-Hofmann, quienes liderados por el crítico católico Hermann Bahr terminaron por rechazar de su círculo a "el pequeño Kraus", como lo llamaban. Éste les dedicó, en venganza, uno de los panfletos más famosos de las letras modernas alemanas, La literatura demolida, veintitantas páginas en que ridiculizó a esa caterva de señoritingos escenificando una enorme mentira literaria. La joven Viena era para Kraus una frívola causa a la búsqueda de poder cultural y reputación de iconoclastía: toda una panda de farsantes.

La historia y las complejas ingenierías de la canonización han querido que por lo menos dos contertulios de La joven Viena se establecieran como clásicos de la literatura moderna —Schnitzler y Hofmannsthal—, cuyos libros son referencias dentro y fuera del ámbito cultural alemán y cuyas piezas teatrales son representadas permanentemente en escenarios de todo Occidente. De un tercer cofrade de aquel grupo, Felix Salten, también han sobrevivido dos contribuciones a la educación sentimental de modernos y postmodernos: la novela del venado Bambi y la novela de la puta Josephine Mutzenbacher, de cierto modo complementarias.

A contramano, Kraus no es un autor tan bien conocido a través de la lectura. Sus obras carecen de recepción directa muy amplia, pues no las compuso pensando necesariamente en hacer libros, no concibió sus escritos para la industria editorial. No fue autor de ficción, escribió demasiado y sobre los temas más diversos y es muy sabido que su muy citada obra teatral Los últimos días de la humanidad es irrepresentable, como él mismo advertía a los lectores del texto dramático. La dureza, el cinismo y la ironía de sus obras tampoco han jugado a su favor en la diseminación de su lectura.

La antología presentada por Gonzalo Vélez ofrece una ruta para entrar a su obra. Dividida en cuatro capítulos, la colección reúne aforismos sobre el arte, el lenguaje y el pensamiento; el eros, las mujeres y la moral; las costumbres y contradicciones; y, como epílogo, un retrato del escritor satírico a través de veinticuatro citas, pruebas elocuentes de la dificultad de penetrar su biografía.

¿Qué hallarán los contemporáneos en los célebres y temidos párrafos que nutren estas páginas? En principio, un libro para hoy. La última compilación de aforismos del autor austriaco que circuló en librerías mexicanas fue Contra los periodistas y otros contras (Taurus) hace veinte años. Las memorables traducciones de José María Pérez Gay no han sido recopiladas aún. Por tanto, esta edición viene a llenar un vacío y a dar luz sobre una obra ineludible. No puede concebirse la historia del aforismo sin las contribuciones de Karl Kraus. Por razones que me resultan inexplicables, además, no termino de fantasear lo que hubiera hecho Kraus de haber contado con una herramienta como twitter. En cualquier caso, en cuanto Verdades a medias, verdades y media esté en librerías, los twitteros que quieran hacer gran literatura deberían hacerse de un ejemplar. Encontrarán una biblia entrañable.

Los lectores hallarán también una moral. Mejor aún, una fanática actitud moral. La de un reaccionario y un antimoderno dispuesto a enfrentarse sin otorgar concesiones a todo aquello que atenta contra sus principios, tanto éticos como estéticos. Está también, palpitante, estridente, la voz de un crítico. Un crítico salvaje de la lengua petrificada de la prensa. El enemigo mortal de la fraseología barata, frívola y corrupta de los periodistas y políticos, sobre todo de quienes participaron consciente, programáticamente, en la cuesta bélica de principios del siglo XX, azuzando los nacionalismos y después confiriéndole plausibilidad a la Gran Guerra. La crítica de un adelantado. De alguien que ve cómo el político vas transformándose con perversidad en ser mediático. Una mirada que detecta la implacable y aterradora irrupción de los medios en la intimidad del sujeto y su consecuente empoderamiento ubicuo, total. La perspectiva del visionario que, en solitario, lucha contra la propaganda totalitaria y contra el vacío de los valores.

En estos aforismos se lee al gran misántropo, a veces confundido con el gran misógino, quien celebró la aparición en 1903 del explosivo tratado Sexo y carácter. Un estudio fundamental, del joven suicida Otto Weininger, calificado como pionero de la crítica al feminismo y del antisemitismo judío. Es el Kraus que se atreve a decir "La cosmética es la ciencia del cosmos de la mujer", para luego rematar con el famoso: "Por lo menos las mujeres poseen cosméticos. Pero los hombres, ¿con qué cubren su vacuidad?"

Para algunos será un curso poco terso, incómodo. El traductor ha tenido la delicadeza y el tino de apuntar, en su breve introducción al segundo capítulo, la posición que mantuvo nuestro escritor hacia las mujeres (y hacia los hombres, como revelan las líneas antes citadas). Las veneraba, sobre todo a ciertas aristócratas y actrices, a las que prodigó sus pasiones y de las que vivió enamorado siempre. Lo suyo, definitivamente, no podría ser calificado de machismo, al menos no como lo designamos en la actualidad. "El hombre es el origen del deseo, la mujer el origen del espíritu", sentenció Kraus.

Tiene razón Soler Frost cuando señala en su presentación general que Kraus es un autor que hace reír y que el origen de su inigualable capacidad satírica radica en su oído, capaz de captar giros y registros lingüísticos de cualquier persona conocida, así fuese de manera tangencial. Esto fue un arma del polemista temible, capaz de llegar a la ridiculización extrema de sus adversarios, a la agresión verbal de sus contrincantes, así hubieren sido estos sus contertulios juveniles. "¡Los ahorcaremos con sus propias citas!", fue su consigna. En Verdades a medias, verdades y media, hay regocijantes estocadas en contra de políticos, periodistas y militares, por supuesto; pero también son lacerados el filósofo, el poeta, el artista y los psicoanalistas, de quienes bien explica el aforista: "Meten la mano en nuestro sueño como si se tratara de nuestro bolsillo".

Es un gran aporte que el presente acopio de un corpus tan complejo como el de los aforismos de Kraus aparezca en versión bilingüe. Para una editorial mexicana es un verdadero acontecimiento, por ser la primera ocasión que se hace en nuestro país y por permitir a quienes puedan leer alemán acercarse a los originales para contrastarlos con sus versiones al español. Es otra muestra de gentileza y generosidad por parte de Gonzalo Vélez y sus editores, que no han tenido temor alguno a prestarse al ojo escrutador de los lectores en ambas lenguas.

Sin haber sido un expresionista militante, Kraus escribió algunos poemas expresionistas memorables. En sus aforismos es perceptible una notable destreza métrica y una fina respiración. Por suerte para nosotros, el traductor mismo es un poeta dotado con oficio y variados recursos. Alguna vez, en una breve carta por fax que le remitió a Viena, el recién fallecido Carlos Fuentes —que lo trataba de "antepasado", pues tanto su familia como la de los Vélez son antiguos linajes veracruzanos con parentesco— le escribió a Gonzalo que su poesía le recordaba la obra de José Gorostiza.

Antipático, egomaniaco, obsesivo y lleno de incongruencias, Kraus encarnó una acción directa que ahora puede parecernos temeraria y en muchos aspectos inaceptable, como su ninguneo de Joseph Roth, Hermann Broch y Robert Walser, escritores muy estimados. Si el mito del gran escritor satírico sigue teniendo vigencia, a pesar de todo, es porque a los contemporáneos nos seducen sus contradicciones, su enorme capacidad de invención y expresividad literarias, su excepcional coraje. Los aforismos aquí reunidos lo comprueban. Karl Kraus fue un reaccionario y un antimoderno y por eso lo admiramos y queremos.



(Este texto fue publicado en Laberinto #470, suplemento de Milenio, México, D.F., 16 de junio de 2012; puedes reproducirlo para fines personales no lucrativos siempre y cuando indiques los créditos correspondientes.)

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