El sacerdocio del lenguaje

por Gonzalo Vélez


Mapa de Austria-Hungría

Hasta antes de la primera guerra mundial, el Imperio Austrohúngaro incluía en su territorio una pluralidad de nacionalidades, etnias e idiomas, cuyas contradicciones en la vida social se reflejaban constantemente en el ámbito político. Las situaciones extremas, sin embargo, tanto al interior como hacia el exterior de Austria-Hungría se resolvían gracias a la mano firme y al paternalismo supranacional de su longevo monarca, Francisco José I de Habsburgo.

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A lo largo de su enorme extensión, el Imperio, ubicado en el corazón de Europa, estaba en cercana vecindad con tres de las principales potencias mundiales: Francia, Alemania y Rusia, y mantener el equilibrio regional fue una proeza de casi medio siglo que finalmente colapsó en 1914. Hacia el interior, por otra parte, surgían aquí y allá todo el tiempo distintos movimientos nacionalistas, independentistas o simplemente terroristas entre las distintas entidades culturales gobernadas por la corona del águila bicéfala: húngaros y checos, polacos y rumanos, croatas y serbios, eslovacos y eslovenos, italianos y judíos, entre otras.

Hacia el cambio de siglo, sin embargo, Viena era una gran metrópolis europea, y elegante capital de la también llamada Monarquía del Danubio. En Viena se reproducía a pequeña escala la polifacética complejidad del Imperio, pero al mismo tiempo la ciudad generó una muy elevada vida intelectual, artística y científica: un caso histórico por demás interesante, en el que se conjuntaron notables personalidades de la época, exponentes de una amplia gama de disciplinas distintas: arquitectos, artistas plásticos y de las artes aplicadas, compositores, directores de orquesta, diseñadores, dramaturgos, filósofos, físicos, ingenieros, matemáticos, novelistas, poetas, políticos, revolucionarios, sicoanalistas, muchos de los cuales habrían de marcar de manera profunda el devenir del siglo veinte.

"El Imperio está construido al estilo de sus casas: inhabitables, pero bonitas." De este modo describió aforísticamente la situación de Austria-Hungría uno de los pensadores más lúcidos que ha dado no sólo la lengua alemana, sino la literatura. Karl Kraus nació en uno de los rincones del Imperio: Gitschin, Bohemia, en la actual República Checa, el 28 de abril de 1874, aunque desde su infancia su familia se estableció en Viena, donde él radicó siempre y donde falleció en 1936.

A lo largo de su vida, Kraus libró una batalla solitaria e incansable contra la corrupción de los valores dentro de un sistema y una sociedad en decadencia, manifestando esto en sus ensayos, poemas y dramas --La muralla china, El fin del mundo por la magia negra, Los últimos días de la humanidad--, muchos de ellos irrepresentables, y sobre todo en la revista Die Fackel (La Antorcha), a la que mantuvo de 1898 a 1936: 922 entregas de la publicación, en las cuales el único editor, redactor y colaborador fue casi exclusivamente él mismo. En ella aparecieron la mayoría de los aforismos que escribió, los cuales compiló posteriormente en tres volúmenes: Sprüche und Widersprüche (Dichos y contradichos, 1909), Pro Domo et Mundo (1912) y Nachts (Por la noche, 1919) {Hemos seguido aquí la edición de Christian Wagenknecht, Fráncfort del Meno, Suhrkamp, 1986}.

Pocos escritores han sostenido una lucha solitaria por sus ideas tan prolongada, constante y con tal obstinación. A lo largo de su vida, Karl Kraus llevó a cabo una singular brigada para salvaguardar los vínculos de la palabra con el pensamiento. Una suerte de símbolo para el ciudadano informado, Kraus fue la piedra en el zapato del discurso oficial y de la prensa corrupta, primero del Imperio, y posteriormente de la precaria Primera República Austriaca.

Nada más difícil que argumentar contra su prosa implacable, que nunca cobijó dogma alguno, ni político ni religioso. Caballero de pluma como espada, Kraus no dejó nunca de combatir la podredumbre moral en todos los aspectos de la vida pública, fueran éstos el erotismo, las artes o el psicoanálisis, o bien la política, las violaciones a los derechos humanos o el periodismo, o igualmente la literatura, la sandez, los embustes, la sociedad, las relaciones entre los sexos, a través del espíritu mordaz, incisivo, inteligente de sus aforismos.

En varios géneros literarios cultivó uno solo: la sátira. El hilo conductor de toda su obra es la crítica mordaz, provocadora, en un discurso radical en el que sobra poco espacio para objeciones. Quienes fueron víctimas de la pluma de Karl Kraus sólo pudieron responderle con el desprecio, o con el ninguneo: a nadie le agrada ser desenmascarado públicamente, y mucho menos de esa manera. Por esta razón, el escritor satírico suele ser el peor recompensado en su época por la sociedad a la que critica.

Muerto, Kraus fue condenado al silencio por el régimen de Hitler; en vida, lo fue por periódicos, por casas editoriales y por la censura. Sin embargo, su enemistad con el poder no fue nunca obstáculo para desempeñar su infatigable labor como escritor y como ojo crítico: ya autoeditándose, o publicando su obra en Alemania (que no en Austria-Hungría), o bien en las lecturas públicas que organizaba regularmente, y que atraían a una gran cantidad de público para escuchar a sus palabras demoler las estructuras de una sociedad en decadencia. Y mientras que la intelectualidad de la Monarquía del Danubio aparentaba que Karl Kraus no existía, los académicos de la lengua de la Sorbona lo proponían como candidato a recibir el premio Nobel.

Desde sus primeros escritos, nuestro aforista comenzó por atacar sistemáticamente todo lo que le parecía afectado o pretencioso, como en La literatura demolida (1897), donde su critica acre se vierte contra la agrupación literaria La Joven Viena (en especial contra el escritor Hermann Bahr), autodenominada "decadente", a la que consideraba onanista, productora de una literatura de pose.

Si bien Kraus comenzó su carrera en el periodismo, escribiendo columnas satíricas, muy pronto se alejó del medio al conocer los vicios de la prensa, cuyo terror consistía en "el cinismo de transformar destinos en noticias originales": Kraus jamás sería uno de esos "jornaleros del espíritu llamados periodistas". Esta actitud sumó a la lista de sus enemigos a uno de los más poderosos: el diario Die Neue Freie Presse, el más grande e influyente del Imperio, que ejercía, en palabras de Kraus, "una dictadura sobre la opinión pública". Dicha enemistad habría de durarle de por vida.

La primera entrega de Die Fackel apareció en abril de 1899. Para Kraus significó el paso determinante en su carrera de escritor. Con apoyo de su familia, y sin experiencia editorial alguna, comenzó así esta aventura independiente, de la cual jamás sospechó la importancia que llegaría a adquirir, lo mismo en su vida pública que en la privada. El primer tiraje constó de trescientas revistas de portada roja, las cuales se agotaron casi de inmediato. En las semanas siguientes tuvo que hacer sucesivas reimpresiones: otros treinta mil ejemplares, un verdadero éxito, sobre todo considerando la circunstancia de la autopublicación.

En esos días por la ciudad entera los vieneses llevaban el folletín rojo bajo el brazo, lo leían en el parque, en el tranvía, lo comentaban en los cafés: de pronto se habían convertido en espectadores alrededor del cuadrilátero en el que comenzaba a librarse una feroz batalla. Karl Kraus atacaba directamente, con una claridad de estilo que no dejaba lugar a dudas. Banqueros, grandes comerciantes, funcionarios públicos, sucios directores de periódicos, literatos execrables, farsantes cualesquiera: todo lo que tuviera un olor pestilente le merecía un comentario demoledor. En esa época Kraus estaba completamente convencido del poder de la palabra para exterminar a la podredumbre. Y su guerra era una cruzada.

La sátira despierta reacciones violentas, mueve fibras sensibles, sentimientos de culpa enmascarados por la hipocresía. La ironía es una gota de alcohol en una llaga infectada. Karl Kraus se vio obligado a enfrentar las respuestas poco civilizadas de sus enemigos, cuyo número aumentó también proporcionalmente. Algunos días después de publicarse el primer número de Die Fackel, Kraus fue hostigado y golpeado en un café por un grupo de escritores víctimas de su veneno. Su conclusión la plasmó en un aforismo: "Para ser escritor satírico se necesita tener complexión robusta". Y nada lo detuvo: ni golpes, ni amenazas, ni la frecuencia con la que se vio obligado a acudir ante los tribunales para responder demandas o para protegerse, ni tampoco la fuerte censura de la que fue objeto durante los años de la guerra.

Para acallarlo había que despreciarlo, que ningunearlo. Existía un acuerdo tácito para que ni su nombre ni cualquier alusión a su persona se publicara en los periódicos, como si con pretenderlo invisible hubieran podido hacerlo desaparecer de la vida pública. Valiente, ciertamente obstinado, dando la cara sin reparar, Kraus soportó calumnias y enfrentó todo obstáculo que sus opositores le interpusieron para que desistiera de sus convicciones.

Durante los años de la primera guerra mundial, él fue quien con mayor pesimismo contempló el militarismo creciente y la manipulación tendenciosa de la información. Los últimos días de la humanidad, cuya redacción comenzó en 1915, es una obra de teatro irrepresentable, tejida a base de citas textuales de la prensa y de diálogos en los que la esperanza es derrotada siempre por la estupidez. En una lectura pública de esa época, Kraus exhortaba al auditorio:

"Los que nada tengan que decir –porque la acción tiene hoy la palabra– que continúen hablando. El que tenga algo que decir, que dé un paso al frente y se calle."

Después de la conflagración, en El fin del mundo por la magia negra (1922) Kraus se lanza a desenmascarar las mentiras e informaciones parcializadas de los periódicos, cuyo maleficio está plasmado en el color negro de la tinta de imprenta, y cuyo clímax fue alcanzado por la propaganda nacionalsocialista. En 1933, ya cerca de su muerte, redacta La tercera noche de Walpurgis, un análisis del discurso fascista que anticipa fatalmente la expansión hitleriana.

El lenguaje, "madre del pensamiento", es a la vez su refugio y su continente. El pensamiento como la cualidad más sublime de lo humano sólo puede florecer en el lenguaje empleado en sus más altas expresiones, y sólo así es capaz de atacar la realidad, de comunicar y convencer de los absurdos y peligros de la pérdida de los significados cuando la estulticia toma el poder. Karl Kraus comprendió esto como ningún otro escritor. Hay en cada sociedad humana una necesidad vital de recrear el lenguaje elevado: el literario y el de las ideas, de reciclarlo, transformarlo, enriquecerlo. Pero únicamente se cumplirá este propósito en la medida en que este lenguaje engendrador de pensamientos alcance y fertilice al común integrante de la sociedad.

Imaginemos una de las lecturas públicas de Karl Kraus. El Volkstheater de Viena se encuentra repleto; el auditorio, que aguarda con algo de curiosidad morbosa, observa el escenario, en el que ha sido colocada una mesa con una carpeta repleta de papeles, un vaso con agua y una silla. A la hora señalada hace su aparición el lector: un hombre más bien de baja estatura y complexión débil, que camina con paso vacilante, producto de una malformación de la columna vertebral. Sus anteojos ovalados y el cabello cortado al ras encima de las orejas acentúan la sensación de timidez que inspira. Pero ésta cambia en cuanto toma asiento, se aclara la garganta y comienza a leer.

La lectura de los textos propios --ensayos, aforismos y fragmentos escogidos-- la combina con obra en lengua alemana de otros escritores, en especial con la de satíricos austriacos del siglo anterior, como Johannes Nestroy, a quien devuelve la vida, o bien con fragmentos de Goehte y otros clásicos, o traducciones, de Shakespeare, o de Jacques Offenbach. Su voz es clara, penetrante: agita las manos en los momentos de mayor entusiasmo, contagiándolo; las palabras captan completamente la atención de los escuchas, quienes más que en la literatura se interesan en lo que herr Kraus tiene que decirles, y en cómo lo hace, y en quién será la siguiente víctima de su afilada pluma.

Desde su capilla, el escritor de aforismos dedicó su vida a proteger el lenguaje contra la ignominia. El dominio sobre su herramienta y objeto de devoción es sorprendente. En un idioma que se permite tan pocas sutilezas como el alemán, Kraus supo encontrar los resquicios en donde pueden habitar la ironía y el juego de palabras, enfatizando quirúrgicamente la agudeza que da la precisión. Su lectura no siempre es fácil, aun para germanoparlantes nativos; traducir sus aforismos, cuando no resulta imposible, requiere de una labor rebuscada, con una buena dosis de irreverencia que el traductor ha asumido conscientemente, como aspirante a "bellaco" que con admiración intenta comprender a Karl Kraus. Lo que es decir: hemos tratado aquí de vestir estas traducciones de la manera más digna con el traje típico de nuestra lengua, luego de hacer que estos aforismos cruzaran la frontera idiomática despojados de su propia piel --parafraseando, por supuesto, a nuestro autor.

Karl Kraus dejó de escribir aforismos en 1918, año de la derrota austrohúngara en la entonces llamada Gran Guerra, y de la consiguiente caída de la monarquía de los Habsburgo, tal vez demasiado imbuido de pesimismo por la contundencia de los acontecimientos. La labor literaria que llevó a cabo, en vida y en obra, es una suerte de sacerdocio del lenguaje. La valentía con la que se jugó la vida por su única creencia: la lengua, debe quedar siempre como ejemplo de lo que es un escritor comprometido. Para Kraus el pensamiento sólo puede nacer en el lenguaje, y por eso es imperioso protegerlo de la corrupción y de todo intento por desvirtuarlo. En última instancia, en la pureza del lenguaje radica la integridad moral de una sociedad, y de aquí su valor religioso: si la palabra deja de expresar pensamientos, esa sociedad se desmoronará irremisiblemente. Karl Kraus, condenado al silencio, fue testigo de esta debacle.





(Este escrito es el prólogo de Verdades a medias, verdades y media: Aforismos de Karl Kraus; la versión original se publicó en Sábado #883, suplemento de Unomásuno, México, D.F., 3 de septiembre de 1994. Puedes reproducirlo para fines personales no lucrativos siempre y cuando indiques los créditos correspondientes.)

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