Reír por no llorar entre las ruinas
(Acerca de Karl Kraus)

por Pablo Soler Frost

Podría pensarse que de todas las buenas intenciones de Versalles (en este caso el Tratado de Saint-Germain) que llevaron al infierno a Europa por segunda vez en menos de treinta años, tal vez la más perniciosa fuera el desmembramiento de la Monarquía Dual y el fin de los Habsburgo como Casa reinante. No es el lugar para explicar el porqué, si fueron atendidas las justas aspiraciones de checos y de polacos, no lo fueron, en cambio, las de austríacos, húngaros y croatas, que deseaban, en diversos grados, la continuación de la monarquía y de la idea imperial. El caso es que, tras la rutinaria estabilidad del glorioso e impersonal Francisco José ("¿Cómo era...?", dice, famosamente, un poema de Kraus, "¿Era tonto, inteligente?... ¿Era un alma envuelta en el manto del Estado? ¿Quién lo conoció entre quienes lo conocían?... ¿De dónde, cuándo salió y de qué especie?") [*Traducción de José María Pérez Gay.], y la tambaleante corona de Carlos I [*Último emperador, último rey de Hungría, último rey de Bohemia y de Croacia, de Galitzia y de Lodomeria, último monarca Habsburgo reinante, ha sido declarado bendito por la Iglesia católica atendiendo a sus virtudes heroicas.], el benemérito emperador que creía en la paz, la República austriaca fue bien pronto pasto de agitadores y demagogos: del austrofascismo al Anschluss nacionalsocialista, el Finis Austriae de 1938, pasando por la masacre obrera de 1927 y el asesinato del canciller Dollfuss en 1934. Ora sí que todo pasado fue mejor.

Escribe George Steiner:

Viena era el crisol. Tanto para los esplendores artístico-intelectuales como para los barbarismos del siglo. Mucho de los sedimentos del pensamiento y el arte norteamericano, mucho de lo que denominamos "modernismo", se deriva de las energías implosivas de Viena desde 1880 y hasta el apocalíptico 1945. La amplitud era formidable, quizá única en la historia de la sensibilidad. Incluía al psicoanálisis y la arquitectura revolucionaria, la música de Mahler y la Escuela de Viena, la epistemología científica de Mach y Popper, las filosofías del lenguaje de Wittgenstein, Carnap y el Círculo de Viena. Produjo un muy definido e influyente tipo de economía política, incluyendo el monetarismo, las sátiras de Karl Kraus (un observador más incisivo de las relaciones entre el lenguaje y el poder de lo que fue después Orwell). Klimt, Schiele, Kokoschka emergieron de la fiebre vienesa. Así como la Jugendstil y los motivos dominantes del art déco. Cuánto más pobre sería la literatura occidental sin Broch, Rilke, Musil y sobre todo, la visionaria oscuridad de Kafka. La suma excedía las pródigas partes. En aquellos años seminales, Viena generó un clima urbano a la vez singular para sí y, muy pronto, característico de las metrópolis occidentales. La infusión era potente pero difícil de definir. Reúne presiones desconcertantes, la tensión de sentirse proclive al exceso de estímulos culturales, sensoriales. Eros y la sexualidad tuvieron un papel muy importante (cf. Freud, Schnitzler, Otto Weininger y Karl Kraus). Miserias extremas, indigencia en las calles y barriadas colindaban con una opulencia igualmente extrema. Este platillo agridulce era uno de notable encanto, elegancia y "ligereza del ser" por un lado, y amarga ira por el otro.

Es también la Viena del antisemitismo municipal y de buen tono, de los delirios teutónicos, de Ostara y de Hitler, como recuerda Steiner, quien imagina que es una posibilidad, que en una acera, en un tranvía, frente a una iglesia o un café, se encontraran alguna vez Kraus y Hitler o el arquitecto Adolf Loos y el vagabundo. La Viena finisecular era un poco como el Aleph –o como el falso Aleph. La Viena posterior a la Primera Guerra era como la casa luego a medias demolida donde, en su sótano, fama es que contando diecinueve escalones, estuviera presente algún día el espejo de todo.

Karl Kraus, nacido en 1874 en Gitschin (Jicin), en Bohemia, en el Imperio, murió en Viena en 1936. Nació medianamente acomodado, acomodado vivió, remedio astringente a la hipocresía, en Viena. Fue testigo, por tanto, del viejo orden y de los nuevos tiempos. Como otros fue educado en la estabilidad y en la, llamémosla así, paideia imperial, que funcionó como una preparación para los desastres y los horrores que habían de venir. Fuertes raíces judías lo ataban al suelo imperial.

Lo primero que habría que decir acerca de Karl Kraus es que, siendo uno de los hombres más serios del mundo, realmente hace reír. Dice cosas muy chistosas, unas que piensa y otras que con toda sencillez oyó en la calle, captadas con un oído de tísico. Simplemente, simpáticamente. Uno se ríe. La letanía anti cigarro de un médico militar, por ejemplo: "Es espantoso como tantos hombres jóvenes padecen del corazón y por ello son excluídos del servicio militar, del matrimonio, de la procreación. Una ley contra fumar en nuestra nación, en interés del reemplazo de nuestras tropas, es urgentemente deseable". Una madre, viendo a sus hijos jugar: "Maria, preciosa, quédate quieta. Padre dijo que podían jugar a la Gran Guerra, pero que deben permanecer dentro de cierto límite humano. Willy no mataría una mosca: se encuentra en plena y defensiva guerra santa". De pronto las risas ¿ganan? en profundidad y en alborozo, se sueltan, se hacen más roncas, descontroladas, parecen a un punto casi borrachas y luego se truecan en estertores que al final, destruido el mundo, quedan en el puro llanto, si es que acaso uno sobrevive y posee aún uno sentimientos. Así era ese hombre que fue abriendo los ojos; pasó de ser un rapaz listo, en una foto famosa de antes de la Gran Guerra, a tener después ojos de azorado búho, enmarcada su cabeza calva por un cuello duro.

Lo segundo es que era la autoridad moral de Viena. Su revista Die Fackel la publicaba íntegramente él, él la escribía, él la corregía, él la publicaba. Elías Canetti cuenta que sus amigos adoraban a Kraus: el juicio de éste era implacable y no se sabía de nadie que apelara sino con el silencio o el resentimiento, pues bien sabían todos que era imposible medirse con él y menos poderle. "Una muestra del provincialismo de Canetti es que cuando llegó a Viena no sabía quién era Karl Kraus." Cito del libro de Paul Reitter:

La pureza del enojo de Kraus se complementaba con su atención fanática al detalle. Desde 1911, Kraus había sido, no tan sólo el editor en jefe de Die Fackel, sino su único colaborador. Canetti recuerda que cada palabra, cada sílaba eran escritas por él. Cada coma estaba allí puesta por una razón y cualquiera que quisiese encontrar una errata en su revista, podía vanamente esforzarse por semanas. El resultado, en una ciudad afecta al Schlamperei es que dotó a Kraus de una autoridad moral increíble".

Roger Kimball ("Becoming Elias Canetti", The New Criterion, septiembre de 1986) escribe que "Kraus se dedicó en cuerpo y alma a exponer la hipocresía y la decadencia de la Viena del fin de siglo. La crítica de Kraus era verbalmente brillante, a veces salvaje, las más de las veces, y su honradez implacable..." Al principio de La antorcha al oído, título que remite a Die Fackel, Canetti se muestra incrédulo del modo en que sus amigos idolatraban a Karl Kraus, pero dice después, tras conocerle largos años: "¿Qué aprendí de él? Ante todo la inmensa responsabilidad, el sentido absoluto de la responsabilidad...", de un maestro que "nunca cometía un error: nunca". Kraus, dice Walter Benjamin, era un "mago sacerdote" (ein Zauberpriester). Arnold Schoenberg le envío una copia de su Harmonielehre con la siguiente inscripción: He aprendido más de usted de lo que puede ser aprendido si uno desea seguir siendo independiente. Carel Capek, el querido autor de R.U.R. y de La guerra de las salamandras, dijo de él: "Nos enseñó a leer, fue el más grande pedagogo de la lectura que haya existido jamás... Aparte, nos enseñó a escribir. Nos enseñó como hay que tratar a las palabras, como bestias silvestres, unciéndolas..."

Es casi imposible definir a esta "estatua china" a decir de Benjamin:

... juez y actor de la realidad, escritor, especialista de opinión, esteta, moralista, apartidario-partidario, amigo-enemigo del Expresionismo, defensor de la reivindicación de las identidades nacionales al interior del imperio, judío asimilado, cristiano, egocéntrico de profesión, socialista, recitador carismático, traductor [*Entre otras obras, corrigió la traducción de Timón de Atenas de Shakespeare hecha por Dorotea Tieck, lo mismo que los Sonetos.] … y hasta pseudo-cabaretista.

En su notable ensayo sobre Kraus, Natalia Vidal lo nombra: "un gran reaccionario"; un "conservador restauracionista", lo llama Claudio Magris en su también notable, pero muy sesgado ensayo El mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna (sesgado porque sus páginas apestan a marxismo; comprende todo pero luego tiene que interpretarlo, dialécticamente asumo). Para Walter Muschg, en su Historia trágica de la literatura:

La palabra era su arma sagrada, la crítica al mal uso de la palabra, su religión... Kraus, con su fanatismo lingüistico, su inflexible negación pública de la época abyecta y su lucha inútil contra el periodismo, aparece como un último descendiente de los jueces del Antiguo Testamento. Vaticinó la destrucción del mundo por medio de la magia negra, destrucción que se inició según él con la invención del aeroplano. Vio en los logros de la civilización actual la profanación de todos los valores por los que vale la pena vivir, y apuntó en Die letzten Tage der Menschheit (Los últimos días de la humanidad) [*Escrita entre 1915 y 1922, a través de la fiel y cuidadosa transcripción de voces y rumores, que van desde lo oído en un café hasta bandos militares y encabezados de periódicos, Los últimos días de la humanidad se integra como una serie de viñetas del Frente, de la ciudad, los hogares, los cafés, las clínicas, los talleres. Un comentarista, "El quejoso" y un voceador dan con el ritmo que permea la pieza entera (Paul Reitter).], el espectáculo de esta agonía en forma de un auténtico misterio.

Magris, en esta obra, apunta que Kraus vio la caída de Austria, "como un apocalipsis". ¿Y no lo fue? Oskar Kokoshka decía de él, que "había ascendido a los infiernos, para juzgar a vivos y muertos". Temible juez para tiempos terribles, que iban, además, empeorando. Venían los grises. Tuvo la certeza de decir de Hitler: "No se me ocurre nada sobre ese señor" (advirtiendo así la banalidad del mal, como después la calificaría Hannah Arendt). "Antiguamente las decoraciones eran de cartón y los actores auténticos. Hoy las decoraciones son sin duda sublimes y los actores son de cartón".

Lo tercero: tanto Karl Kraus (muerto en 1936), como Joseph Roth (obit 1939), como Sigmund Freud, quien falleciera en 1939, llegaron a percibir al umbral de las tenebrosas barracas de los desolladores: ya sabían lo que aguardaba al pueblo de Israel, como puede verse en los aforismos mordaces del primero, en los lúcidos y angustiados artículos del segundo, en el penoso rescate del último, enfermo ya. Piadosamente se fueron antes que los verdugos pusieran sus zarpas sobre ellos. Auf Wiedersehn!, como dice el maestro de ceremonias de Cabaret (1972, dir. Bob Fosse) mientras vemos en el reflejo de un trombón cómo la concurrencia cambia, se vuelve parda ("los grises", decía Kraus) y violenta, al tiempo que abandera todo ominosamente de símbolos paganos.

En México la tradición austrohúngara ha contado con excelentes exégetas y traductores: Juan García Ponce, José María Pérez Gay, Javier García-Galiano, Héctor Orestes Aguilar son algunos de los nombres que vienen de inmediato a mi cabeza. A ellos se suma, muy honrosamente, Gonzalo Vélez. Vélez, traductor de Robert Musil, Gustav Regler, Franzobel y Rolf Dieter Brinkmann, por citar algunos autores de lengua alemana, nos entrega en este volumen años de esfuerzo dedicados al maestro, labor que ahora corona de manera muy notable, vertiendo al castellano los cáusticos aforismos escritos por la esfinge sonriente, que fue cifra del mundo y del carácter vieneses.

Para terminar, cito unas palabras de Adolf Loos, quien fue su amigo y colaborador:

Se halló en el oleaje de una época nueva y sabía que la humanidad, al apartarse cada vez más de Dios y de la naturaleza, perdía su camino. Con la cabeza en las estrellas y los pies en la tierra, gritaba... y llamaba. Temía por el fin del mundo. Pero, al no callar, sé que no había muerto en él toda esperanza. Y seguirá llamando, y su voz sonará en los años por venir, hasta que sea escuchada. Y la humanidad podrá agradecer a Karl Kraus su supervivencia".



BIBLIOGRAFÍA
García Ponce, Juan. El reino milenario. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1992, 218 pp. | Horton, Scott. "Elias Canetti, Pat Tillman, and the First Death in War", en Harper's, julio de 2007. | Kimball, Roger. "Becoming Elias Canetti", The New Criterion, septiembre de 1986 Magris, Claudio. El mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna. Traducción de Guillermo Fernández. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1998, 488 pp. | Palmer, Alan. Twilight of the Habsburgs. The Life and Times of Emperor Francis Joseph. Nueva York, Atlantic, 1994, 388 pp. | Reitter, Paul. The Anti-Journalist: Karl Kraus and Jewish Self-Fashioning in Fin-de-Siècle Europe. Chicago, The University of Chicago Press, 2008, 254 pp. | Schick, Paul. Karl Kraus. Hamburgo, Rowolth Verlag, 1965, 168 pp. (Rororo Monographien 111) | Steiner, George. "Prelude to a Nightmare", Salmagundi, verano-otoño de 2003. | Vidal, Natalia. "Karl Kraus y la revista Die Fackel", www.rayandolosconfines.com.ar |




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